La oscura fascinación del mal: por qué la literatura y el arte mitifican a monstruos como la Quintrala
La Quintrala es una de las figuras más sombrías de la historia de Chile . Aristócrata de la época colonial, su nombre quedó asociado a la crueldad, la tortura y la muerte de numerosos indígenas y sirvientes. Sin embargo, a pesar de la gravedad de los hechos que se le atribuyen, su nombre ha trascendido el ámbito de la simple infamia. Con el paso del tiempo, se ha convertido en una leyenda , en un monstruo mitificado , cuya memoria ha sido preservada por la historiografía, recreada por la literatura, representada en el teatro y elevada a la categoría de icono cultural.
¿Por qué transformamos a determinadas encarnaciones del mal en mitos duraderos? ¿Por qué la cultura humana vuelve una y otra vez sobre ellas, puliendo la brutalidad hasta conferirle un aura casi admirable?
El mito de la Quintrala: de la atrocidad al icono cultural
La historia suele enseñarnos que el mal acaba por desaparecer y que el recuerdo de la atrocidad se diluye lentamente en el silencio. El caso de la Quintrala parece demostrar lo contrario. Su crueldad fue extrema, su figura despertó un profundo temor y su recuerdo sobrevivió a las generaciones que la conocieron.
Siglos después, el nombre de la Quintrala no evoca únicamente horror, sino también fascinación.
Libros, obras teatrales, pinturas y estudios académicos han contribuido a esta transformación. Todos ellos han alimentado la leyenda , ampliando sus contornos y convirtiendo el sufrimiento real en un espectáculo de carácter casi mítico. Ya no nos encontramos ante un simple relato histórico, sino ante un proceso mucho más complejo: la mitificación del mal .
Este fenómeno no es exclusivo de la Quintrala . La historia y la literatura han transformado en numerosas ocasiones la brutalidad en leyenda . Vlad el Empalador , príncipe de Valaquia, pasó a la posteridad por la extrema violencia con la que castigaba a sus enemigos. Siglos más tarde, la imaginación literaria lo convirtió en Drácula , un personaje fascinante cuya influencia se extiende hasta nuestros días a través de la literatura y el cine . Aquello que un día fue motivo de terror acaba transformándose en un espectáculo , en un relato modelado por el tiempo y la cultura, hasta el punto de que su horror parece adquirir un extraño atractivo.
¿Por qué mitificamos a los monstruos?
La humanidad parece debatirse constantemente entre dos impulsos fundamentales:
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El impulso apolíneo, orientado hacia la razón, la belleza, el altruismo y la búsqueda de ideales superiores.
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El impulso dionisíaco, dominado por los instintos, el deseo de poder y la voluntad de imponerse a cualquier precio.
Quizá esta dualidad explique la atracción que ejercen personajes como la Quintrala. Existe en nosotros un núcleo primitivo que admira la fuerza, incluso cuando se manifiesta de manera destructiva. Al transformar el mal en leyenda, domesticamos simbólicamente aquello que nos aterra y convertimos la violencia en un relato capaz de trascender el tiempo.
El papel del arte y del mundo académico
Esperamos que la cultura se oponga a la barbarie y la despoje de cualquier apariencia de grandeza. Sin embargo, el resultado no siempre es ese. Con frecuencia, el mundo académico contribuye a la formación de mitos al superponer capas y capas de interpretación sobre hechos atroces, hasta conferirles una profundidad casi heroica. La pintura envuelve a estos personajes en un halo de fascinación; la literatura les otorga una dimensión trágica; la historia los transforma en mitos que, en ocasiones, terminan eclipsando a sus víctimas.
No se trata únicamente de un ejercicio de análisis, sino también de una inversión de valores . A lo largo de los siglos hemos visto cómo la virtud era ridiculizada, la violencia ensalzada y la mentira convertida en un relato heroico. La leyenda de la Quintrala constituye uno de esos casos incómodos en los que la atrocidad acaba ocupando el lugar reservado a las grandes figuras históricas.
¿Por qué mitificamos a los monstruos?
La humanidad parece debatirse constantemente entre dos impulsos fundamentales:
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El impulso apolíneo, orientado hacia la razón, la belleza, el altruismo y la búsqueda de ideales superiores.
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El impulso dionisíaco, dominado por los instintos, el deseo de poder y la voluntad de imponerse a cualquier precio.
Quizá esta dualidad explique la atracción que ejercen personajes como la Quintrala. Existe en nosotros un núcleo primitivo que admira la fuerza, incluso cuando se manifiesta de manera destructiva. Al transformar el mal en leyenda, domesticamos simbólicamente aquello que nos aterra y convertimos la violencia en un relato capaz de trascender el tiempo.
El papel del arte y del mundo académico
Esperamos que la cultura se oponga a la barbarie y la despoje de cualquier apariencia de grandeza. Sin embargo, el resultado no siempre es ese. Con frecuencia, el mundo académico contribuye a la formación de mitos al superponer capas y capas de interpretación sobre hechos atroces, hasta conferirles una profundidad casi heroica. La pintura envuelve a estos personajes en un halo de fascinación; la literatura les otorga una dimensión trágica; la historia los transforma en mitos que, en ocasiones, terminan eclipsando a sus víctimas.
No se trata únicamente de un ejercicio de análisis, sino también de una inversión de valores . A lo largo de los siglos hemos visto cómo la virtud era ridiculizada, la violencia ensalzada y la mentira convertida en un relato heroico. La leyenda de la Quintrala constituye uno de esos casos incómodos en los que la atrocidad acaba ocupando el lugar reservado a las grandes figuras históricas.
¿Contribuyen los instintos sexuales a la mitificación del mal?
La sexualidad constituye una de las dimensiones más profundas y complejas de la naturaleza humana. Está ligada a nuestros afectos, a nuestra identidad, a nuestra percepción de la belleza y a nuestra manera de relacionarnos con el mundo. La expresión de la sexualidad se manifiesta en todas partes : en los ritmos de la naturaleza, en el cuerpo humano e incluso en los grandes ciclos del universo. Se trata de una fuerza primordial que modela nuestra relación con los demás y con nosotros mismos.
Sin embargo, este impulso, tan poderoso como indispensable, también hunde sus raíces en las zonas más primitivas de nuestra mente. Los estratos más antiguos e irracionales de nuestro cerebro pueden difuminar los límites entre la admiración, el temor y la fascinación. En la oscura mitología que rodea a figuras como la Quintrala aparece con frecuencia un componente erótico deformado , una extraña combinación de poder, dominación y perversión que despierta al mismo tiempo repulsión y curiosidad.
Debemos preguntarnos, por tanto, cómo se configura la personalidad desde la perspectiva de la psicología del placer y hacia qué fines se orienta . Si el deseo y la fascinación pueden deformarse hasta el punto de admirar la crueldad, quizá nuestros impulsos más profundos colaboren, en determinadas circunstancias, en la construcción del mito de los monstruos, en lugar de rechazarlo.
El caso del marqués de Sade constituye un ejemplo revelador de esta inquietante unión entre el placer, el poder y la ausencia de límites morales. Sus escritos, nacidos de un deseo desprovisto de compasión, transformaron la perversión privada en un espectáculo público. Hoy su nombre evoca no sólo la depravación, sino también una intensa fascinación intelectual , como si la inmoralidad persistente pudiera elevarse a la categoría de pensamiento radical. Cuando los instintos sexuales se separan de cualquier fundamento moral, pueden alimentar una forma más oscura de creación de mitos y convertir la transgresión en un objeto de admiración.
¿Quiénes somos realmente?
Cada vez que mitificamos a los monstruos , cada vez que convertimos la brutalidad en leyenda , revelamos algo inquietante acerca de nosotros mismos: una parte del espíritu humano no se limita a condenar el mal, sino que también se siente atraída por él.
Reflexión final
La Quintrala no debería ocupar un lugar junto a las grandes figuras del heroísmo y la virtud. Su legado no es el de una heroína, ni el de un personaje trágico o incomprendido, sino el de una figura asociada a la violencia, la dominación y la muerte.
Y, sin embargo, la historia nos obliga a plantearnos una pregunta todavía más inquietante. ¿Qué ocurrirá con los monstruos de nuestra propia época? ¿Llegará el día en que las generaciones futuras los transformen en símbolos y conviertan el horror en un objeto de admiración estética o intelectual?
La pregunta es aterradora. Sin embargo, el precedente existe. Cada vez que convertimos la brutalidad en leyenda, preparamos el terreno para que los monstruos del mañana sean coronados en lugar de condenados .
Resulta inquietante, y casi constituye un enigma filosófico , preguntarse si los cuervos seguirán girando eternamente sobre nuestras cabezas , aguardando la llegada del próximo monstruo al que decidamos elevar a la categoría de leyenda. Todo ello evoca los oscuros aquelarres de Goya y aquella célebre advertencia según la cual «el sueño de la razón produce monstruos» , además de innumerables imágenes y reflexiones que exigirían un libro entero para ser desarrolladas.
Advertencia: Este artículo no pretende adscribir al autor a ninguna corriente ideológica. Su propósito consiste en explorar las razones históricas, psicológicas y culturales que explican la persistente fascinación que el mal ejerce sobre la imaginación humana, desde figuras históricas como la Quintrala hasta algunas de las mitologías más sombrías de la historia contemporánea.
Más información:
La Quintrala no fue un personaje aislado, sino la representante más célebre y controvertida de un extenso linaje de origen alemán. Los tratados genealógicos conservados en la Biblioteca Nacional de España revelan los vínculos existentes entre la rama chilena de los Lísperguer y la rama española de los Wittemberg, afincada en Andalucía durante más de tres siglos y emparentada con algunas de las casas más influyentes de la nobleza hispánica. De este mismo tronco familiar surgió el célebre erudito ilustrado Luis José Velázquez, marqués de Valdeflores. La historia de esta familia, cuya trayectoria se extiende desde el Sacro Imperio Romano Germánico hasta España, Perú y Chile, se recoge en la obra Los Lísperguer Wittemberg: una familia alemana en el corazón de la cultura chilena.
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