miércoles, 5 de agosto de 2026

La oscura fascinación del mal: por qué la literatura y el arte mitifican a monstruos como la Quintrala



 Representación de La Quintrala según la tradición histórica

La oscura fascinación del mal: por qué la literatura y el arte mitifican a monstruos como la Quintrala

La Quintrala es una de las figuras más sombrías de la historia de Chile . Aristócrata de la época colonial, su nombre quedó asociado a la crueldad, la tortura y la muerte de numerosos indígenas y sirvientes. Sin embargo, a pesar de la gravedad de los hechos que se le atribuyen, su nombre ha trascendido el ámbito de la simple infamia. Con el paso del tiempo, se ha convertido en una leyenda , en un monstruo mitificado , cuya memoria ha sido preservada por la historiografía, recreada por la literatura, representada en el teatro y elevada a la categoría de icono cultural.

¿Por qué transformamos a determinadas encarnaciones del mal en mitos duraderos? ¿Por qué la cultura humana vuelve una y otra vez sobre ellas, puliendo la brutalidad hasta conferirle un aura casi admirable?


El mito de la Quintrala: de la atrocidad al icono cultural

La historia suele enseñarnos que el mal acaba por desaparecer y que el recuerdo de la atrocidad se diluye lentamente en el silencio. El caso de la Quintrala parece demostrar lo contrario. Su crueldad fue extrema, su figura despertó un profundo temor y su recuerdo sobrevivió a las generaciones que la conocieron.

Siglos después, el nombre de la Quintrala no evoca únicamente horror, sino también fascinación.

Libros, obras teatrales, pinturas y estudios académicos han contribuido a esta transformación. Todos ellos han alimentado la leyenda , ampliando sus contornos y convirtiendo el sufrimiento real en un espectáculo de carácter casi mítico. Ya no nos encontramos ante un simple relato histórico, sino ante un proceso mucho más complejo: la mitificación del mal .

Este fenómeno no es exclusivo de la Quintrala . La historia y la literatura han transformado en numerosas ocasiones la brutalidad en leyenda . Vlad el Empalador , príncipe de Valaquia, pasó a la posteridad por la extrema violencia con la que castigaba a sus enemigos. Siglos más tarde, la imaginación literaria lo convirtió en Drácula , un personaje fascinante cuya influencia se extiende hasta nuestros días a través de la literatura y el cine . Aquello que un día fue motivo de terror acaba transformándose en un espectáculo , en un relato modelado por el tiempo y la cultura, hasta el punto de que su horror parece adquirir un extraño atractivo.


¿Por qué mitificamos a los monstruos?

La humanidad parece debatirse constantemente entre dos impulsos fundamentales:

  • El impulso apolíneo, orientado hacia la razón, la belleza, el altruismo y la búsqueda de ideales superiores.

  • El impulso dionisíaco, dominado por los instintos, el deseo de poder y la voluntad de imponerse a cualquier precio.

Quizá esta dualidad explique la atracción que ejercen personajes como la Quintrala. Existe en nosotros un núcleo primitivo que admira la fuerza, incluso cuando se manifiesta de manera destructiva. Al transformar el mal en leyenda, domesticamos simbólicamente aquello que nos aterra y convertimos la violencia en un relato capaz de trascender el tiempo.


El papel del arte y del mundo académico

Esperamos que la cultura se oponga a la barbarie y la despoje de cualquier apariencia de grandeza. Sin embargo, el resultado no siempre es ese. Con frecuencia, el mundo académico contribuye a la formación de mitos al superponer capas y capas de interpretación sobre hechos atroces, hasta conferirles una profundidad casi heroica. La pintura envuelve a estos personajes en un halo de fascinación; la literatura les otorga una dimensión trágica; la historia los transforma en mitos que, en ocasiones, terminan eclipsando a sus víctimas.

No se trata únicamente de un ejercicio de análisis, sino también de una inversión de valores . A lo largo de los siglos hemos visto cómo la virtud era ridiculizada, la violencia ensalzada y la mentira convertida en un relato heroico. La leyenda de la Quintrala constituye uno de esos casos incómodos en los que la atrocidad acaba ocupando el lugar reservado a las grandes figuras históricas.


¿Por qué mitificamos a los monstruos?

La humanidad parece debatirse constantemente entre dos impulsos fundamentales:

  • El impulso apolíneo, orientado hacia la razón, la belleza, el altruismo y la búsqueda de ideales superiores.

  • El impulso dionisíaco, dominado por los instintos, el deseo de poder y la voluntad de imponerse a cualquier precio.

Quizá esta dualidad explique la atracción que ejercen personajes como la Quintrala. Existe en nosotros un núcleo primitivo que admira la fuerza, incluso cuando se manifiesta de manera destructiva. Al transformar el mal en leyenda, domesticamos simbólicamente aquello que nos aterra y convertimos la violencia en un relato capaz de trascender el tiempo.


El papel del arte y del mundo académico

Esperamos que la cultura se oponga a la barbarie y la despoje de cualquier apariencia de grandeza. Sin embargo, el resultado no siempre es ese. Con frecuencia, el mundo académico contribuye a la formación de mitos al superponer capas y capas de interpretación sobre hechos atroces, hasta conferirles una profundidad casi heroica. La pintura envuelve a estos personajes en un halo de fascinación; la literatura les otorga una dimensión trágica; la historia los transforma en mitos que, en ocasiones, terminan eclipsando a sus víctimas.

No se trata únicamente de un ejercicio de análisis, sino también de una inversión de valores . A lo largo de los siglos hemos visto cómo la virtud era ridiculizada, la violencia ensalzada y la mentira convertida en un relato heroico. La leyenda de la Quintrala constituye uno de esos casos incómodos en los que la atrocidad acaba ocupando el lugar reservado a las grandes figuras históricas.


¿Contribuyen los instintos sexuales a la mitificación del mal?

La sexualidad constituye una de las dimensiones más profundas y complejas de la naturaleza humana. Está ligada a nuestros afectos, a nuestra identidad, a nuestra percepción de la belleza y a nuestra manera de relacionarnos con el mundo. La expresión de la sexualidad se manifiesta en todas partes : en los ritmos de la naturaleza, en el cuerpo humano e incluso en los grandes ciclos del universo. Se trata de una fuerza primordial que modela nuestra relación con los demás y con nosotros mismos.

Sin embargo, este impulso, tan poderoso como indispensable, también hunde sus raíces en las zonas más primitivas de nuestra mente. Los estratos más antiguos e irracionales de nuestro cerebro pueden difuminar los límites entre la admiración, el temor y la fascinación. En la oscura mitología que rodea a figuras como la Quintrala aparece con frecuencia un componente erótico deformado , una extraña combinación de poder, dominación y perversión que despierta al mismo tiempo repulsión y curiosidad.

Debemos preguntarnos, por tanto, cómo se configura la personalidad desde la perspectiva de la psicología del placer y hacia qué fines se orienta . Si el deseo y la fascinación pueden deformarse hasta el punto de admirar la crueldad, quizá nuestros impulsos más profundos colaboren, en determinadas circunstancias, en la construcción del mito de los monstruos, en lugar de rechazarlo.

El caso del marqués de Sade constituye un ejemplo revelador de esta inquietante unión entre el placer, el poder y la ausencia de límites morales. Sus escritos, nacidos de un deseo desprovisto de compasión, transformaron la perversión privada en un espectáculo público. Hoy su nombre evoca no sólo la depravación, sino también una intensa fascinación intelectual , como si la inmoralidad persistente pudiera elevarse a la categoría de pensamiento radical. Cuando los instintos sexuales se separan de cualquier fundamento moral, pueden alimentar una forma más oscura de creación de mitos y convertir la transgresión en un objeto de admiración.


¿Quiénes somos realmente?

La historia de la Quintrala plantea una cuestión que va mucho más allá de la historia de Chile:
¿Somos seres racionales orientados hacia la verdad, la belleza y la justicia o simples programas de carne y hueso diseñados para admirar el poder, incluso cuando éste adopta la forma de la crueldad?

Cada vez que mitificamos a los monstruos , cada vez que convertimos la brutalidad en leyenda , revelamos algo inquietante acerca de nosotros mismos: una parte del espíritu humano no se limita a condenar el mal, sino que también se siente atraída por él.


Reflexión final

La Quintrala no debería ocupar un lugar junto a las grandes figuras del heroísmo y la virtud. Su legado no es el de una heroína, ni el de un personaje trágico o incomprendido, sino el de una figura asociada a la violencia, la dominación y la muerte.

Y, sin embargo, la historia nos obliga a plantearnos una pregunta todavía más inquietante. ¿Qué ocurrirá con los monstruos de nuestra propia época? ¿Llegará el día en que las generaciones futuras los transformen en símbolos y conviertan el horror en un objeto de admiración estética o intelectual?

¿Se repetirá el mismo fenómeno dentro de unos siglos?
¿Será posible que el dragón de nuestra época —el tirano, el asesino convertido en mito— llegue algún día a ser mitificado, glorificado, aplaudido y legitimado por la literatura, el mundo académico y las artes , del mismo modo en que ha ocurrido con la Quintrala?

La pregunta es aterradora. Sin embargo, el precedente existe. Cada vez que convertimos la brutalidad en leyenda, preparamos el terreno para que los monstruos del mañana sean coronados en lugar de condenados .

Resulta inquietante, y casi constituye un enigma filosófico , preguntarse si los cuervos seguirán girando eternamente sobre nuestras cabezas , aguardando la llegada del próximo monstruo al que decidamos elevar a la categoría de leyenda. Todo ello evoca los oscuros aquelarres de Goya y aquella célebre advertencia según la cual «el sueño de la razón produce monstruos» , además de innumerables imágenes y reflexiones que exigirían un libro entero para ser desarrolladas.

Advertencia: Este artículo no pretende adscribir al autor a ninguna corriente ideológica. Su propósito consiste en explorar las razones históricas, psicológicas y culturales que explican la persistente fascinación que el mal ejerce sobre la imaginación humana, desde figuras históricas como la Quintrala hasta algunas de las mitologías más sombrías de la historia contemporánea.

Más información: 
La Quintrala no fue un personaje aislado, sino la representante más célebre y controvertida de un extenso linaje de origen alemán. Los tratados genealógicos conservados en la Biblioteca Nacional de España revelan los vínculos existentes entre la rama chilena de los Lísperguer y la rama española de los Wittemberg, afincada en Andalucía durante más de tres siglos y emparentada con algunas de las casas más influyentes de la nobleza hispánica. De este mismo tronco familiar surgió el célebre erudito ilustrado Luis José Velázquez, marqués de Valdeflores. La historia de esta familia, cuya trayectoria se extiende desde el Sacro Imperio Romano Germánico hasta España, Perú y Chile, se recoge en la obra Los Lísperguer Wittemberg: una familia alemana en el corazón de la cultura chilena.

Biblioteca Nacional de España

Library of Congress

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Publicada bajo la licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0).

Se autoriza la difusión de este artículo siempre que se cite la autoría, no exista un uso comercial y no se realicen modificaciones.

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domingo, 2 de agosto de 2026

From La Quintrala to the Marquis of Valdeflores: the remarkable story of two myths born from a common lineage

 


La Quintrala and the Marquis of Valdeflores, two figures arising from the same lineage and separated by two centuries of history.


From Baroque Legend to Enlightenment Scholarship: Two Faces of the Same Family Legacy

History has preserved the names of Catalina de los Ríos y Lísperguer, the celebrated Quintrala, and the Marquis of Valdeflores, one of the great Spanish scholars of the eighteenth century.

However, few people know that these two figures shared a common family origin and that the connection between the two branches of the lineage was officially reconstructed by the king of arms Juan Alfonso de Guerra y Sandoval.

Through this story, it is possible to journey across three continents, several centuries, and two very different paths to immortality: legend and memory.


Two Continents, Two Centuries, and a Common Origin

The history of the Lísperguer-Wittemberg family constitutes one of the most remarkable episodes in the Hispanic world.

Originating in the Holy Roman Empire, this lineage extended its branches throughout Spain and the Americas, leaving a profound mark on both sides of the Atlantic.

The history of the lineage was closely intertwined with the Habsburg dynasty. Pedro Lísperguer Wittemberg reached the New World under the protection and express authorization of Emperor Charles V. More than a century later, the Spanish branch of the Wittembergs would once again flourish under imperial protection, this time during the reign of Emperor Leopold I.

In Chile, the figure of La Quintrala eventually became one of the great myths of the colonial period.

In Spain, the Marquis of Valdeflores became one of the most distinguished figures of the Enlightenment.

Although these two figures were separated by centuries and thousands of miles, they shared a common family origin.


The Man Who Reunited the Two Branches of the Lineage

In seventeenth- and eighteenth-century Spain, genealogy and heraldry were instruments of power, legitimacy, and social prestige.

Within this context, the figure of Juan Alfonso de Guerra y Sandoval, King of Arms and official chronicler of Philip V, acquired particular prominence.

Thanks to his research, it became possible to reconstruct the history of the Lísperguer and Wittemberg families, thus reuniting two branches that time and distance had separated.

The certificates issued by Sandoval, now preserved in the National Library of Spain, constitute some of the most valuable testimonies for understanding the trajectory of this extraordinary family.


The Hispanicization of a Germanic Lineage

The history of this family conceals a remarkable paradox.

The two principal branches of the lineage sprang from the same family tree, and both underwent a profound process of Hispanicization.

On the one hand, Pedro Lísperguer, under the protection of Emperor Charles V, settled in the Americas, where his descendants became integrated into the Creole aristocracy through marriage alliances, encomiendas, landed estates, and administrative offices.

On the other hand, the Wittembergs who settled in Spain became part of the peninsular nobility, established ties with important Andalusian families, and played an active role in the political, economic, and cultural life of the monarchy.

Over time, both branches became deeply Hispanic, although they never entirely lost the memory of their distant Germanic origins.


Why Did the Lisperguers Flourish in America While the Wittembergs Fell into Oblivion?

This question is probably one of the keys to understanding the history of the lineage.

The Lisperguers participated in the conquest and organization of the American territories, contributed to the formation of the Creole elites, and played leading roles in some of the most remarkable episodes of colonial history.

The figure of La Quintrala eventually became a powerful cultural symbol and permanently consolidated the family's fame.

The Wittembergs, by contrast, followed a very different path. Fully integrated into Spanish society, they became associated with some of the kingdom's most influential families and established ties with important noble lineages.

From these unions emerged titles such as the Marquisate of Isla Hermosa, the Marquisate of Valdeflores, the Marquisate of Velázquez de Velasco, the Viscountcy of Sierra Blanca, and the County of Villa Amena de Cozvíjar, as well as numerous connections with the high nobility and with the Grandees of Spain.

Yet this privileged position was not enough to preserve the memory of the lineage.

The explanation is probably much simpler than it might appear.

The Wittembergs did not take part in conquests, found cities, lead rebellions, or give rise to great popular legends. In other words, they did not develop a heroic destiny.

Their lives unfolded amid the administration of their estates, commercial activities, marriage alliances, and service to the Crown.

While the Lisperguers became a story, the Wittembergs ultimately became an archive.

American history required heroes, adventurers, conquerors, and villains. Modern Spain, by contrast, was populated by countless noble families whose trajectories eventually became indistinguishable from the evolution of the monarchy itself.

For this reason, the memory of the Lisperguers was transmitted through chronicles, testimonies, and legends, whereas that of the Wittembergs remained scattered among notarial records, certificates of nobility, wills, and heraldic documents.

The Marquis of Valdeflores was the great exception.


La Quintrala: The American Myth

Catalina de los Ríos y Lísperguer (1604–1665) is one of the most fascinating and controversial figures in the history of Chile.

Her name became associated with countless stories of violence, cruelty, pride, and transgression. Over time, popular memory transformed the powerful encomendera into a figure poised midway between history and legend.

Historians, playwrights, poets, sociologists, and novelists have all attempted to unravel the mystery of a woman who ultimately became one of the great archetypes of Chilean culture.

Her figure has been compared with some of the great characters of the Western tradition, from Lady Macbeth to Medea, including the Medusa of classical mythology.

Beyond historical reality, La Quintrala ultimately became a powerful symbol of the Hispanic-American Baroque and one of the most intense manifestations of the Chilean colonial imagination.

As time passed, the historical figure gradually yielded her place to the myth.


Valdeflores: The Enlightened Myth

At the other side of the Atlantic, another descendant of the same lineage achieved fame for entirely different reasons.

Luis José Velázquez de Velasco y Cruzado (1722–1772), Marquis of Valdeflores, was one of the most distinguished Spanish scholars of the eighteenth century.

A member of the Royal Academy of History, he devoted his life to the study of literature, history, and Hispanic antiquities.

His research achieved considerable international recognition, and his archaeological expeditions contributed decisively to the development of historical studies in Spain.

While La Quintrala embodied the power of legend, Valdeflores represented the triumph of reason, humanism, and Enlightenment scholarship.

Paradoxically, it was precisely his devotion to knowledge that allowed him to escape the oblivion that enveloped most of the Spanish branch of the family.

Thus, the Marquis became the foremost representative of the Wittemberg legacy in Spain.


Two Myths and a Shared Legacy

At first glance, these two figures appear to represent entirely opposite worlds.

La Quintrala embodies passion, violence, transgression, and the Baroque imagination of colonial Spanish America.

The Marquis of Valdeflores, by contrast, symbolizes humanism, intellectual curiosity, and the spirit of the Enlightenment.

Nevertheless, both figures share one essential characteristic: they transcended their own age and became symbols of their respective eras.

The former attained immortality through legend; the latter through scholarship.

One came to embody mystery, excess, and fascination with the extraordinary; the other personified faith in reason, historical inquiry, and the power of knowledge.

Perhaps this is the greatest singularity of the Lísperguer-Wittemberg lineage: its extraordinary ability to adapt to different worlds without losing the awareness of a common origin.


A Lineage Spanning Germany, Spain, and America

The history of the Lísperguer-Wittemberg family belongs neither exclusively to Chile nor to Spain.

It is, in reality, a European, American, and Atlantic story: a history of migrations, journeys, family alliances, social advancement, and cultural transformation.

And perhaps this is precisely where its greatest fascination lies.

A single family tree, rooted on the banks of the Rhine, ultimately gave rise to two immortal figures: La Quintrala, transformed into one of the great myths of Chilean history, and the Marquis of Valdeflores, one of the leading figures of the Spanish Enlightenment.

Between them stand three centuries of history, an ocean, and two entirely different ways of overcoming oblivion.

One achieved it through legend; the other through memory.


Conclusion

The history of the Lísperguer-Wittemberg family demonstrates that posterity depends not only upon power, wealth, or nobility.

The Wittembergs accumulated titles, honours, and alliances with some of the most influential families in Spain. They even established ties with the Grandees of Spain themselves.

Yet the absence of a heroic destiny caused much of their memory to remain confined within the archives.

The Lisperguers, by contrast, became associated with conquest, power, violence, and legend.

Thus, while some were transformed into historical figures, others became symbols.

And perhaps it is precisely this paradox that explains the extraordinary fascination that the history of this lineage continues to exert several centuries later.


 Further information can be found in Los Lísperguer Wittemberg: una familia alemana en el corazón de la cultura chilena, a work that traces the family's common origins in Germany, the heroic, political, and mythical rise of the Lísperguer branch in Chile and Peru, and the remarkable noble, commercial, and intellectual expansion of the Wittemberg family in Spain.

National Library of Spain

Library of Congress

sábado, 1 de agosto de 2026

De la Quintrala al marqués de Valdeflores: la sorprendente historia de dos mitos nacidos de un mismo linaje

 


La Quintrala y el marqués de Valdeflores, dos figuras surgidas de un mismo tronco familiar y separadas por tres siglos de historia.


De la leyenda barroca a la erudición ilustrada: dos rostros de una misma herencia familiar

La historia ha conservado los nombres de Catalina de los Ríos y Lísperguer, la célebre Quintrala, y del marqués de Valdeflores, uno de los grandes eruditos españoles del siglo XVIII.

Sin embargo, pocas personas saben que ambos personajes compartían un mismo origen familiar y que la relación entre las dos ramas del linaje fue reconstruida oficialmente por el rey de armas Juan Alfonso de Guerra y Sandoval.

A través de esta historia es posible recorrer tres continentes, varios siglos y dos formas muy distintas de alcanzar la inmortalidad: la leyenda y la memoria.


Dos continentes, dos siglos y un mismo origen

La historia de los Lísperguer-Wittemberg constituye uno de los episodios más singulares del mundo hispánico.

Originario del Sacro Imperio Romano Germánico, este linaje extendió sus ramas por España y América, dejando una profunda huella a ambos lados del Atlántico.

En Chile, la figura de la Quintrala acabó transformándose en uno de los grandes mitos de la época colonial.

En España, el marqués de Valdeflores se convirtió en una de las figuras más destacadas de la Ilustración.

Aunque ambos personajes estuvieron separados por siglos y por miles de kilómetros, compartían un mismo origen familiar.


El hombre que reunió de nuevo las dos ramas del linaje

En la España de los siglos XVII y XVIII, la genealogía y la heráldica constituían instrumentos de poder, legitimidad y prestigio social.

En aquel contexto destacó la figura de Juan Alfonso de Guerra y Sandoval, rey de armas y cronista oficial de Felipe V.

Gracias a sus investigaciones, fue posible reconstruir la historia de los Lísperguer y de los Wittemberg, reuniendo nuevamente dos ramas que el tiempo y la distancia habían separado.

Las certificaciones expedidas por Sandoval, conservadas hoy en la Biblioteca Nacional de España, constituyen algunos de los testimonios más valiosos para comprender la trayectoria de esta extraordinaria familia.


La hispanización de un linaje germánico

La historia de esta familia encierra una singular paradoja.

Las dos ramas principales del linaje surgieron de un mismo tronco familiar y ambas experimentaron un profundo proceso de hispanización.

Por una parte, Pedro Lísperguer, protegido por el emperador Carlos V, se trasladó a América, donde su descendencia se integró en la aristocracia criolla mediante alianzas matrimoniales, encomiendas, propiedades rurales y cargos administrativos.

Por otra, los Wittemberg establecidos en España se incorporaron a la nobleza peninsular, se enlazaron con importantes familias andaluzas y participaron activamente en la vida política, económica y cultural de la monarquía.

Con el paso del tiempo, ambas ramas acabaron siendo profundamente hispánicas, aunque sin perder por completo el recuerdo de sus remotos orígenes germánicos.


¿Por qué los Lísperguer triunfaron en América mientras los Wittemberg cayeron en el olvido?

Esta cuestión constituye, probablemente, una de las claves para comprender la historia del linaje.

Los Lísperguer participaron en la conquista y en la organización de los territorios americanos, intervinieron en la formación de las élites criollas y protagonizaron algunos de los episodios más destacados de la historia colonial.

La figura de la Quintrala acabó convirtiéndose en un poderoso símbolo cultural y consolidó definitivamente la fama de la familia.

Los Wittemberg, por el contrario, siguieron un camino muy diferente. Integrados plenamente en la sociedad española, se vincularon a algunas de las familias más influyentes del reino y emparentaron con importantes linajes nobiliarios.

De estas uniones surgieron títulos como el marquesado de Isla Hermosa, el marquesado de Valdeflores, el marquesado de Velázquez de Velasco, el vizcondado de Sierra Blanca y el condado de Villa Amena de Cozvíjar, además de diversos vínculos con la alta nobleza y con la propia grandeza de España.

Sin embargo, aquella posición privilegiada no bastó para preservar la memoria del linaje.

La explicación es, probablemente, mucho más sencilla de lo que parece.

Los Wittemberg no participaron en conquistas, no fundaron ciudades, no encabezaron rebeliones y no dieron origen a grandes leyendas populares. En otras palabras, no desarrollaron un destino heroico.

Sus vidas transcurrieron entre la administración de sus propiedades, las actividades comerciales, las alianzas matrimoniales y el servicio a la Corona.

Mientras los Lísperguer se transformaron en un relato, los Wittemberg acabaron convirtiéndose en un archivo.

La historia americana necesitaba héroes, aventureros, conquistadores y villanos. La España moderna, por el contrario, estaba poblada por innumerables familias nobiliarias cuyas trayectorias acababan confundiéndose con el propio devenir de la monarquía.

Por ello, la memoria de los Lísperguer se transmitió a través de crónicas, testimonios y leyendas, mientras que la de los Wittemberg quedó dispersa entre protocolos notariales, expedientes de hidalguía, testamentos y certificaciones nobiliarias.

El marqués de Valdeflores constituyó la gran excepción.


La Quintrala: el mito americano

Catalina de los Ríos y Lísperguer (1604-1665) constituye una de las figuras más fascinantes y controvertidas de la historia de Chile.

Su nombre quedó asociado a innumerables relatos de violencia, crueldad, soberbia y transgresión. Con el paso del tiempo, la memoria popular acabó transformando a la poderosa encomendera en un personaje situado a medio camino entre la historia y la leyenda.

Historiadores, dramaturgos, poetas, sociólogos y novelistas han tratado de descifrar el misterio de una mujer que terminó convirtiéndose en uno de los grandes arquetipos de la cultura chilena.

Su figura ha sido comparada con algunos de los grandes personajes de la tradición occidental, desde Lady Macbeth hasta Medea, pasando por la Medusa de la mitología clásica.

Más allá de la realidad histórica, la Quintrala terminó convirtiéndose en un poderoso símbolo del barroco hispanoamericano y en una de las manifestaciones más intensas del imaginario colonial chileno.

Con el transcurso del tiempo, el personaje histórico acabó cediendo su lugar al mito.


Valdeflores: el mito ilustrado

En el otro extremo del Atlántico, otro descendiente del mismo linaje alcanzó la celebridad por motivos completamente distintos.

Luis José Velázquez de Velasco y Cruzado (1722-1772), marqués de Valdeflores, fue uno de los más destacados eruditos españoles del siglo XVIII.

Miembro de la Real Academia de la Historia, dedicó su vida al estudio de la literatura, de la historia y de las antigüedades hispánicas.

Sus investigaciones alcanzaron una considerable repercusión internacional y sus expediciones arqueológicas contribuyeron decisivamente al desarrollo de los estudios históricos en España.

Mientras la Quintrala encarnaba la fuerza de la leyenda, Valdeflores representaba el triunfo de la razón, del humanismo y de la erudición ilustrada.

Paradójicamente, fue precisamente su dedicación al conocimiento la que le permitió escapar del olvido que envolvió a la mayor parte de la rama española de la familia.

Así, el marqués acabó convirtiéndose en el principal representante de la memoria de los Wittemberg en España.


Dos mitos y un mismo legado

A primera vista, ambos personajes parecen representar mundos completamente opuestos.

La Quintrala personifica la pasión, la violencia, la transgresión y el imaginario barroco de la América colonial.

El marqués de Valdeflores, por el contrario, simboliza el humanismo, la curiosidad intelectual y el espíritu de la Ilustración.

Sin embargo, ambos personajes comparten una característica fundamental: los dos lograron trascender su tiempo y convertirse en símbolos de su época.

La primera alcanzó la inmortalidad a través de la leyenda. El segundo la alcanzó mediante la erudición.

La una acabó encarnando el misterio, el exceso y la fascinación por lo extraordinario. El otro personificó la confianza en la razón, la investigación histórica y el poder del conocimiento.

Tal vez esa sea la mayor singularidad del linaje Lísperguer-Wittemberg: su extraordinaria capacidad para adaptarse a mundos distintos sin perder la conciencia de un origen común.


Un linaje entre Alemania, España y América

La historia de los Lísperguer-Wittemberg no pertenece exclusivamente a Chile ni a España.

Se trata, en realidad, de una historia europea, americana y atlántica; una historia de migraciones, viajes, alianzas familiares, ascensos sociales y transformaciones culturales.

Y quizá sea precisamente ahí donde reside su mayor atractivo.

Un mismo tronco familiar, nacido a orillas del Rin, acabó dando origen a dos figuras inmortales: la Quintrala, convertida en uno de los grandes mitos de la historia chilena, y el marqués de Valdeflores, una de las figuras más destacadas de la Ilustración española.

Entre ambos se alzan tres siglos de historia, un océano y dos formas completamente distintas de vencer al olvido.

La una lo consiguió gracias a la leyenda; el otro, gracias a la memoria.


Conclusión

La historia de la familia Lísperguer-Wittemberg demuestra que la posteridad no depende únicamente del poder, de la riqueza o de la nobleza.

Los Wittemberg acumularon títulos, honores y alianzas con algunas de las familias más influyentes de España. Incluso llegaron a emparentar con la propia grandeza de España.

Sin embargo, la ausencia de un destino heroico hizo que gran parte de su memoria quedara confinada en los archivos.

Los Lísperguer, por el contrario, quedaron vinculados a la conquista, al poder, a la violencia y a la leyenda.

De este modo, mientras unos se transformaron en personajes históricos, otros acabaron convirtiéndose en símbolos.

Y quizá sea precisamente esa paradoja la que explica el extraordinario atractivo que la historia de este linaje sigue ejerciendo varios siglos después.


Más información en la obra, Los Lísperguer Wittemberg: una familia alemana en el corazón de la cultura chilena

Biblioteca Nacional de España

Library of Congress

viernes, 31 de julio de 2026

Pedro Lísperguer ante la muerte del conde de Feria en España

 


Representación del entierro del IV conde de Feria. Al fondo, el joven Pedro Lísperguer contempla el sepelio de quien había sido su protector y mentor durante casi una década.


Pedro Lísperguer ante la muerte del conde de Feria en España

La historia ha conservado el nombre de Pedro Lísperguer Wittemberg sobre todo por haber sido el abuelo de Catalina de los Ríos Lísperguer, la célebre Quintrala. Sin embargo, mucho antes de convertirse en el fundador de uno de los linajes más poderosos del Chile colonial, el joven alemán pasó aproximadamente una década al servicio de la poderosa casa de Feria, una de las más influyentes de la Monarquía Hispánica.

Todo comenzó en la ciudad imperial de Worms. Allí coincidieron el emperador Carlos V, el joven conde de Feria y el propio Pedro Lísperguer. Junto con el séquito imperial emprendieron el viaje hacia España, atravesando el Rin, el sur de Alemania y los Países Bajos.

Aunque la documentación conservada es fragmentaria, sabemos que Pedro desempeñó el cargo de caballerizo y que permaneció durante cerca de diez años al servicio de la familia. Sirvió, además, no a uno, sino a dos condes de Feria, circunstancia que le permitió acceder a uno de los círculos políticos, militares y cortesanos más importantes de su tiempo.

Todo parece indicar que, como integrante de aquel distinguido entorno, debió de participar en algunas de las grandes empresas militares de la época o, al menos, conocer de primera mano las complejas redes de intereses que sostenían la política europea del siglo XVI.

A lo largo de aquellos años asistió al ascenso y a la consolidación del poder de la monarquía de los Habsburgo y adquirió una experiencia que habría de resultar decisiva para el resto de su vida.


La formación de un joven cortesano

Durante aquellos años, Pedro Lísperguer no solo aprendió el manejo de las armas, la administración de los estados señoriales y las complejidades de la diplomacia cortesana. También se familiarizó con un mundo en el que la literatura, la música, la teología y la reflexión moral ocupaban un lugar central.

La casa de Feria se había convertido en uno de los principales focos del humanismo español. Allí, Pedro pudo contemplar el funcionamiento cotidiano de una de las grandes familias nobiliarias del reino, asistir a sus ceremonias y participar en las actividades que marcaban el ritmo de la vida cortesana.

Aquella experiencia debió de dejar una profunda huella en su carácter. España se convirtió para él en una segunda patria y en el escenario donde se produjo su verdadera formación intelectual y política.


La enfermedad del IV conde de Feria

Las páginas que siguen se centran en uno de los episodios más conmovedores de aquel periodo: la enfermedad y la muerte del IV conde de Feria.

Aquejado por graves dolencias que le impedían alimentarse y debilitaban progresivamente sus fuerzas, el noble fue atendido sin descanso por su esposa, Ana Ponce de León; por su madre, la marquesa de Priego; y por el célebre maestro Juan de Ávila, que se convirtió en su principal apoyo espiritual.

Las crónicas describen con extraordinario detalle el sufrimiento del conde, la fortaleza de la condesa y la profunda religiosidad que impregnó aquellos últimos meses.

Mientras la enfermedad avanzaba inexorablemente, el noble afrontó la proximidad de la muerte con una serenidad admirable. Sus palabras reflejan una constante meditación sobre la fugacidad de la gloria terrenal, la inutilidad de la riqueza y la necesidad de prepararse para la vida eterna.

El conde recordaba que ni el poder, ni la fortuna, ni la fama podían prevalecer frente a la muerte y que la verdadera nobleza residía en la virtud y en la salvación del alma.


Juan de Ávila y la preparación para la muerte

Entre todas las personas que acompañaron al conde durante sus últimos días, ninguna ejerció una influencia tan profunda como el maestro Juan de Ávila.

Aquel célebre predicador, considerado hoy uno de los grandes representantes de la espiritualidad española del siglo XVI, permaneció junto al enfermo, confortándolo y preparándolo para afrontar el momento decisivo de su existencia.

Las crónicas describen con minuciosidad las conversaciones mantenidas entre ambos y la extraordinaria serenidad con la que el conde se dispuso a afrontar el final de su vida. Lejos de aferrarse a las riquezas, a la gloria militar o a la dignidad de su linaje, el noble insistía en la necesidad de desprenderse de todo aquello que pudiera apartarlo de la salvación de su alma.

Aquellas reflexiones debieron de causar una profunda impresión en el joven Pedro Lísperguer. Durante casi una década había convivido con la familia y había sido testigo de algunos de los acontecimientos más importantes de su trayectoria.

Ahora contemplaba el desenlace de una vida marcada por el servicio a la Corona, la fe religiosa y la defensa del honor familiar.


Pedro Lísperguer como testigo de una época

La muerte del conde no constituyó únicamente la desaparición de un hombre, sino también el final de una época. Pedro Lísperguer asistió a la clausura de un ciclo histórico que había comenzado muchos años antes en la ciudad imperial de Worms.

A lo largo de aquel tiempo había atravesado el Rin, recorrido el sur de Alemania, conocido los Países Bajos y descubierto la compleja realidad política de la monarquía de los Habsburgo. Había aprendido el arte de la guerra, la disciplina de la corte y la importancia de las alianzas políticas.

También había sido testigo de las intrigas diplomáticas, del esplendor de la nobleza española y del ambiente intelectual que caracterizó al Renacimiento.

Aquellos años transformaron al joven caballerizo en un hombre dotado de una experiencia poco común entre los conquistadores que más tarde partirían hacia América.


El entierro del conde de Feria

El 27 de agosto de 1558, el IV conde de Feria falleció rodeado de sus familiares y de los miembros más cercanos de su casa.

El solemne cortejo fúnebre avanzó lentamente entre cirios, oraciones y cantos litúrgicos. Los nobles vistieron luto riguroso y los escudos de la familia presidieron la ceremonia, mientras el cuerpo era conducido hasta el panteón familiar.

Entre los presentes se encontraba el propio Pedro Lísperguer, que contempló cómo desaparecía el hombre que le había permitido abandonar el mundo germánico para incorporarse a una de las casas nobiliarias más poderosas de España.

Probablemente no imaginaba entonces que aquella experiencia habría de determinar el curso de toda su existencia.


La continuidad de la casa de Feria

La muerte del conde no significó el final de la carrera de Pedro Lísperguer en España. El joven alemán permaneció al servicio de la familia y continuó desempeñando sus funciones bajo la protección de Gómez Suárez de Figueroa.

Aquellos años constituyeron un extraordinario aprendizaje político y cortesano. Desde el interior de la casa de Feria pudo contemplar el funcionamiento de la administración señorial, la organización militar y las complejas relaciones de poder que articulaban la monarquía hispánica.

Todo ello contribuyó a reforzar el prestigio de Pedro y a consolidar su posición dentro de la red de fidelidades construida en torno a la familia.


De España a Inglaterra

Poco tiempo después, Pedro acompañó al nuevo conde en su viaje a Inglaterra, donde tuvo ocasión de contemplar de cerca algunos de los acontecimientos más importantes de la política europea de su tiempo.

Aquel nuevo desplazamiento amplió todavía más sus horizontes y consolidó la experiencia adquirida durante sus años de servicio a la monarquía de los Habsburgo.

El joven alemán que había partido de Worms junto al emperador Carlos V seguía recorriendo el corazón de la Europa del siglo XVI, incorporando nuevos conocimientos y fortaleciendo las relaciones que más tarde le abrirían las puertas del Nuevo Mundo.


Conclusión

Mucho antes de convertirse en el abuelo de la célebre Quintrala, Pedro Lísperguer fue un hombre formado en la compleja realidad política, militar, intelectual y religiosa del Renacimiento europeo.

Los años transcurridos al servicio de la casa de Feria constituyeron el puente que unió el mundo germánico con el continente americano y transformaron a un joven caballerizo en uno de los futuros protagonistas de la historia colonial chilena.

Años más tarde, aquel largo aprendizaje culminaría con su viaje al Reino de Chile, donde su apellido quedaría unido para siempre al de Catalina de los Ríos Lísperguer, la mujer que la tradición convertiría en un mito bajo el nombre de La Quintrala.


Más información en el libro El conquistador alemán Pedro Lísperguer Wittemberg: de cortesano de Carlos V y Felipe II a célebre precursor de Chile.

Catálogo de la Biblioteca Nacional de España

Library of Congress

viernes, 24 de julio de 2026

El abuelo de La Quintrala: del Sacro Imperio Romano Germánico al Chile colonial

 

Académicos debatiendo el extraordinario viaje de Pedro Lisperguer a través del Sacro Imperio Romano Germánico y la América española colonial

Hoy, el nombre de Pedro Lisperguer Wittemberg se recuerda principalmente porque fue el abuelo de Catalina de los Ríos y Lisperguer , más conocida como La Quintrala , la mujer más legendaria del Chile colonial. Sin embargo, reducirlo a ese vínculo familiar oscurece la extraordinaria vida de un hombre cuya trayectoria abarcó las cortes de Europa y las fronteras de la América española.

Sin el prestigio, la posición social y la extraordinaria carrera de Pedro Lisperguer, difícilmente podría comprenderse el perdurable mito de La Quintrala. Mucho antes de que sus descendientes pasaran a formar parte del imaginario chileno, él ya había vivido una vida que se extendía desde el corazón del Sacro Imperio Romano Germánico hasta el lejano Reino de Chile.

Nacido hacia 1530 en la ciudad imperial de Worms, Pedro pertenecía a una respetada familia patricia cuyos miembros habían servido durante generaciones en el gobierno de la ciudad. Al crecer en una de las ciudades libres imperiales más importantes del Sacro Imperio Romano Germánico, se familiarizó desde muy joven con la cultura política del mundo de los Habsburgo.

Su destino cambió de forma decisiva en 1545, cuando la corte del emperador Carlos V pasó por Worms. El joven Pedro entró al servicio de la poderosa Casa de Feria, una de las principales familias nobiliarias de la Monarquía Hispánica. Lo que comenzó como la carrera de un paje pronto se convirtió en años de servicio cortesano que marcarían su futuro. Bajo la protección del conde de Feria aprendió las costumbres de la Casa Real y acompañó a sus señores por distintos territorios de los dominios de los Habsburgo.

En 1554, Pedro formó parte del magnífico séquito que acompañó al príncipe Felipe, futuro Felipe II de España, a Inglaterra con motivo de su matrimonio con la reina María Tudor. Durante varios meses residió en Londres, en el centro de uno de los mayores acontecimientos diplomáticos del siglo XVI. Allí conoció a hombres cuyos nombres quedarían más tarde inseparablemente ligados a la historia de Chile, entre ellos Jerónimo de Alderete y el joven poeta y soldado Alonso de Ercilla. Aquellas conversaciones le abrieron un nuevo horizonte: las tierras de Sudamérica recientemente conquistadas.

Al año siguiente, Pedro obtuvo permiso para embarcarse hacia las Indias. Lejos de viajar como un aventurero desconocido, cruzó el Atlántico formando parte del séquito de Andrés Hurtado de Mendoza, el recién nombrado virrey del Perú. Tras atravesar el istmo de Panamá y llegar a Lima, fue enviado poco después al Reino de Chile, donde comenzaría el capítulo más largo y trascendental de su vida.

Durante casi cincuenta años, Pedro Lisperguer se convirtió en una de las figuras más influyentes del Chile colonial. Combatió en la guerra de Arauco, participando en numerosas campañas militares a lo largo de la inestable frontera meridional. Sus capacidades iban mucho más allá del campo de batalla. Los gobernadores le confiaron repetidamente la organización de expediciones, el abastecimiento de tropas, la reconstrucción de fortificaciones y la dirección de algunas de las operaciones logísticas más complejas del reino.

Su creciente prestigio le valió responsabilidades políticas cada vez mayores. A lo largo de su carrera desempeñó los cargos de capitán, regidor, alcalde, representante real y procurador del Cabildo de Santiago ante el virrey del Perú. En varias ocasiones actuó como una de las principales figuras políticas del reino durante momentos de crisis, demostrando la confianza que los sucesivos gobernadores depositaron en su criterio y experiencia.

La influencia de Pedro se vio reforzada aún más por su matrimonio con Águeda Flores, hija a su vez de otra familia de inmigrantes alemanes establecida en Chile. Su unión dio origen a una de las dinastías más poderosas del Chile colonial, un linaje cuyos descendientes dominarían durante generaciones la vida política, económica y social del reino. Entre ellos se encontraba Catalina de los Ríos y Lisperguer —La Quintrala—, cuya controvertida existencia acabaría eclipsando la memoria de su abuelo.

Como muchos hombres destacados de su tiempo, la carrera de Pedro no estuvo exenta de conflictos. Hubo de afrontar disputas políticas, procesos judiciales y períodos de tensión con las autoridades coloniales. Sin embargo, ninguno de estos episodios logró borrar el prestigio que había forjado tras décadas de servicio a la Corona española.

Sus últimos años permanecen envueltos en cierta incertidumbre. Tras toda una vida al servicio de la Monarquía en la frontera americana, parece haber emprendido un último viaje, probablemente con la intención de regresar a Europa. Todo apunta a que falleció en Panamá hacia 1604 o 1605, poniendo así fin a una vida que había unido las ciudades imperiales de Alemania con los lejanos paisajes del Chile colonial.

La biografía de Pedro Lisperguer ilustra el carácter verdaderamente internacional de la Monarquía Hispánica del siglo XVI. Su historia enlaza Worms, el Sacro Imperio Romano Germánico, los Países Bajos, España, Inglaterra, Panamá, el Perú y Chile en la vida de un solo individuo. Fue mucho más que el abuelo de La Quintrala. Fue un cortesano europeo, un experimentado militar, un funcionario de la Corona, un dirigente político y uno de los principales artífices del Chile colonial temprano.

Hoy, más de cuatro siglos después de su muerte, su extraordinaria trayectoria merece ser recordada por sus propios méritos, y no únicamente como el preludio de la leyenda de La Quintrala, sino como una de las biografías transatlánticas más extraordinarias del mundo de los Habsburgo.

Para más información, véase el libro El conquistador alemán Pedro Lísperguer Wittemberg: de cortesano de Carlos V y Felipe II a célebre precursor de Chile.

Catálogo de la Biblioteca Nacional de España

Library of Congress

jueves, 23 de julio de 2026

The Quintrala's Grandfather: From the Holy Roman Empire to Colonial Chile

 

Academics debating the extraordinary journey of Pedro Lisperguer across the Holy Roman Empire and Colonial Spanish America

Today, the name Pedro Lisperguer Wittemberg is remembered primarily because he was the grandfather of Catalina de los Ríos y Lisperguer, better known as La Quintrala, the most legendary woman of colonial Chile. Yet reducing him to that family connection obscures the remarkable life of a man whose career spanned the courts of Europe and the frontiers of Spanish America.

Without Pedro Lisperguer's prestige, social standing and extraordinary career, the enduring myth of La Quintrala could scarcely be understood. Long before his descendants became part of Chilean folklore, he had already lived a life that stretched from the heart of the Holy Roman Empire to the distant Kingdom of Chile.

Born around 1530 in the imperial city of Worms, Pedro belonged to a respected patrician family whose members had served for generations in the city's government. Growing up in one of the most important free imperial cities of the Holy Roman Empire, he was introduced from an early age to the political culture of the Habsburg world.

His fortunes changed dramatically in 1545, when the court of Emperor Charles V passed through Worms. The young Pedro entered the service of the powerful House of Feria, one of the leading noble families of the Spanish Monarchy. What began as the career of a page soon developed into years of courtly service that would shape his future. Under the protection of the Count of Feria, he learned the customs of the royal household and accompanied his masters through different parts of the Habsburg dominions.

In 1554, Pedro joined the magnificent entourage that accompanied Prince Philip, the future Philip II of Spain, to England for his marriage to Queen Mary Tudor. For several months he lived in London at the centre of one of the sixteenth century's greatest diplomatic events. There he met men whose names would later become inseparable from the history of Chile, including Jerónimo de Alderete and the young poet and soldier Alonso de Ercilla. Their conversations opened a new horizon: the recently conquered lands of South America.

The following year Pedro obtained permission to sail to the Indies. Rather than travelling as an unknown adventurer, he crossed the Atlantic as part of the entourage of Andrés Hurtado de Mendoza, the newly appointed Viceroy of Peru. After crossing the Isthmus of Panama and reaching Lima, he was soon sent south to the Kingdom of Chile, where the longest and most significant chapter of his life would begin.

For nearly fifty years Pedro Lisperguer became one of the most influential figures in colonial Chile. He fought in the Arauco War, taking part in numerous military campaigns along the volatile southern frontier. His abilities extended well beyond the battlefield. Governors repeatedly entrusted him with organising expeditions, supplying troops, rebuilding fortifications and managing some of the kingdom's most demanding logistical operations.

His growing reputation brought increasing political responsibility. Throughout his career he served as captain, alderman, magistrate, royal representative and envoy of the Cabildo of Santiago before the Viceroy of Peru. On several occasions he acted as one of the kingdom's leading political figures during moments of crisis, demonstrating the confidence successive governors placed in his judgement and experience.

Pedro's influence was strengthened further through his marriage to Águeda Flores, herself the daughter of another German immigrant family established in Chile. Their union gave rise to one of the most powerful dynasties in colonial Chile, a lineage whose descendants would dominate political, economic and social life for generations. Among them was Catalina de los Ríos y Lisperguer—La Quintrala—whose controversial life would eventually eclipse the memory of her grandfather.

Like many prominent men of his age, Pedro's career was not free from conflict. He faced political disputes, judicial proceedings and periods of tension with colonial authorities. Yet these episodes never erased the reputation he had built over decades of service to the Spanish Crown.

His final years remain surrounded by uncertainty. After a lifetime spent serving the monarchy on the American frontier, he appears to have undertaken one last journey, probably intending to return to Europe. Most evidence suggests that he died in Panama around 1604 or 1605, bringing to an end a life that had connected the imperial cities of Germany with the distant landscapes of colonial Chile.

Pedro Lisperguer's biography illustrates the truly international character of the sixteenth-century Spanish Monarchy. His story links Worms, the Holy Roman Empire, the Low Countries, Spain, England, Panama, Peru and Chile in the life of a single individual. He was far more than the grandfather of La Quintrala. He was a European courtier, an experienced soldier, a royal official, a political leader and one of the principal architects of early colonial Chile.

Today, more than four centuries after his death, his remarkable journey deserves to be remembered in its own right—not merely as the prelude to the legend of La Quintrala, but as one of the most extraordinary transatlantic biographies of the Habsburg world.

For further information, see the book The German Conquistador Pedro Lísperguer Wittemberg: From Courtier to Charles V and Philip II to Celebrated Forerunner of Chile .

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Library of Congress

miércoles, 22 de julio de 2026

De reis van keizer Karel V door de Nederlanden: een sleutelmoment van de Spaanse renaissance (zomer 1545)

 


Er bestaat onder historici een wijdverbreide opvatting dat vrijwel alles over keizer Karel V reeds uitvoerig is gedocumenteerd en onderzocht. Zestiende-eeuwse kroniekschrijvers, zoals Prudencio de Sandoval, en moderne historici, onder wie Manuel Fernández Álvarez, hebben de belangrijkste gebeurtenissen uit het leven van de vorst die het lot van het christelijke Europa mede bepaalde, uitvoerig beschreven. Toch brengen minder bekende episoden, bewaard in koninklijke kronieken en familiearchieven, nog steeds nieuwe inzichten aan het licht over een van de invloedrijkste persoonlijkheden van de zestiende eeuw.

Op 16 mei 1545 arriveerde keizer Karel V, vergezeld door zijn broer Ferdinand, koning van de Romeinen, de graaf van Feria en talrijke hovelingen, in de rijksstad Worms. Aan de stadspoort werd hij verwelkomd door de burgemeester Peter Birling, die in een symbolisch gebaar van onderwerping de stadssleutels aan de keizer overhandigde. Deze scène doet denken aan De overgave van Breda, die bijna een eeuw later door Velázquez werd vereeuwigd. Dit voorval is zorgvuldig bewaard gebleven in familiearchieven in Chili. Volgens de autoriteiten van Worms wordt de gebeurtenis weliswaar vermeld in de stadskroniek, maar zonder de betrokken personen bij naam te noemen.

De keizer stond in die periode voor grote politieke en religieuze uitdagingen. De hardnekkige verdeeldheid die het protestantisme binnen het Heilige Roomse Rijk had veroorzaakt, vormde zijn grootste zorg. Worms riep bovendien herinneringen op aan de Rijksdag van 1521, waar Maarten Luther voor de keizer was verschenen. Achteraf rijst de vraag of de geschiedenis een andere wending had kunnen nemen indien destijds krachtiger was opgetreden. In het voorjaar van 1545 besloot Karel V het Concilie van Trente bijeen te roepen, al verhinderden verschillende omstandigheden dat het pas in december van dat jaar kon worden geopend. Gedurende deze tussenperiode verbleven de keizer en zijn hof in Worms, waar diplomatieke werkzaamheden werden afgewisseld met momenten van ontspanning, terwijl de ontwikkelingen binnen het rijk nauwlettend werden gevolgd.

Pedro Lisperguer, die later zou uitgroeien tot een van de meest vooraanstaande conquistadores van Chili, was getuige van deze gebeurtenissen. Hij werd omstreeks 1530 in Worms geboren als zoon van Peter Birling en Catharina Lisperg. Om redenen die nog altijd onbekend zijn, nam hij later de familienaam van zijn moeder aan.

Zijn vader bekleedde een vooraanstaande positie binnen het stadsbestuur van Worms. Hij was niet alleen burgemeester, maar maakte ook deel uit van de Gemeinen Rat en de Dreizehnerrat, om uiteindelijk het ambt van Stättmeister te bereiken. Tien jaar later behoorde hij tot de ondertekenaars van de Vrede van Augsburg, het verdrag dat een belangrijke stap betekende in de vermindering van de religieuze spanningen binnen het Heilige Roomse Rijk. Hoewel de onderhandelingen onder het gezag van keizer Karel V plaatsvonden, werd hij tijdens de slotfase vertegenwoordigd door zijn broer Ferdinand.

Algemeen wordt aangenomen dat Peter Birling de keizer tijdens diens verblijf in Worms actief ondersteunde en bijdroeg aan de organisatie van zijn diplomatieke werkzaamheden. Waarschijnlijk was dit de aanleiding voor het besluit van de keizer om zijn vijftienjarige zoon Pedro Lisperguer op te nemen in zijn gevolg toen het hof Worms verliet. Voor de jonge Pedro betekende dit het begin van een uitzonderlijke levensweg. Tijdens de reis ontstond een hechte vertrouwensband tussen de keizer en de zoon van de burgemeester, een relatie die zijn verdere loopbaan diepgaand zou beïnvloeden.

Op 7 augustus 1545 verlieten keizer Karel V, de graaf van Feria, Pedro Lisperguer en talrijke hovelingen de stad. Zij scheepten zich in op de Rijn en zetten koers naar de Nederlanden. De reis duurde ongeveer zes maanden en bracht de jonge Lisperguer in contact met enkele van de invloedrijkste personen van het rijk. Onderweg deed het gezelschap onder meer Keulen en Maastricht aan, voordat het Leuven bereikte. Daar ontmoetten zij Maria van Hongarije, landvoogdes van de Nederlanden en zuster van de keizer. In Leuven maakte Lisperguer vermoedelijk kennis met de humanistische sfeer waarvoor de stad, mede dankzij Erasmus, grote bekendheid genoot.

Vervolgens reisde het hof naar Brussel, waar zich het voornaamste paleis en bestuurscentrum van de keizer bevonden. Daar kreeg de jonge Lisperguer vermoedelijk de gelegenheid verschillende vooraanstaande edelen te ontmoeten, onder wie mogelijk de hertog van Alva. De reis voerde daarna langs andere belangrijke steden, zoals Brugge, door Erasmus omschreven als het "kleine Athene" vanwege zijn bloeiende humanistische cultuur, Antwerpen, destijds een van de belangrijkste handelscentra van Europa, en ten slotte Leiden en Utrecht.

Over deze periode bestaat al lange tijd discussie over de vraag of Pedro Lisperguer daadwerkelijk heeft deelgenomen aan de Slag bij de Elbe (Albis), zoals in verschillende familiearchieven wordt vermeld. Recent onderzoek in Spaanse archieven heeft echter aangetoond dat een dergelijke deelname chronologisch onmogelijk is. Wel staat vast dat keizer Karel V, toen hij Utrecht bereikte, daar een kapittel van de Orde van het Gulden Vlies bijeenriep, waarbij hij de prestigieuze ordeketen verleende aan de graaf van Feria.

Na deze plechtigheid vertrok Don Pedro Fernández de Córdoba, IV graaf van Feria, naar Andalusië. Hij scheidde zich van het keizerlijk hof af en arriveerde op 12 maart 1546 in Montilla (Córdoba), waar zijn huwelijk werd voltrokken. Uit de vergunningen die Pedro Lisperguer later meenam naar de Nieuwe Wereld blijkt dat hij vervolgens bijna tien jaar in Andalusië verbleef onder de bescherming van de graaf, tot diens overlijden op 27 augustus 1552.

Na de dood van de IV graaf bleef Lisperguer nog bijna twee jaar in dienst van diens broer, Don Gómez Suárez de Figueroa y Córdoba, V graaf van Feria, die het hoofd van het huis Feria werd. Op 13 juli 1554 vergezelde hij hem naar Engeland, waar zij aanwezig waren bij het huwelijk van prins Filips met Maria Tudor op 25 juli 1554.

Gómez Suárez, V graaf van Feria en Grande van Spanje, was de ambassadeur van Filips in Engeland, lid van diens Raad van State en een van de meest vertrouwde personen uit zijn directe omgeving. Gedurende ongeveer zeven maanden verbleef Pedro Lisperguer in Londen, dicht bij de toekomstige Filips II en omringd door talrijke vooraanstaande edelen van het rijk.

In oktober 1554, vanuit Brussel, verleende keizer Karel V hem de toestemming om naar de Nieuwe Wereld te reizen, ondanks de wettelijke beperkingen voor buitenlanders. In de vergunning verklaarde de keizer uitdrukkelijk: "niettegenstaande dat hij een Duitser is en ongeacht enige bepaling die het tegendeel voorschrijft" («no embargante que es alemán y cualquier provisión que haya en contrario»). Daarmee maakte de keizer persoonlijk een uitzondering op de bestaande regelgeving die vreemdelingen in beginsel verbood naar de Indiën te vertrekken.

Volgens Spaanse kroniekschrijvers van het koninklijke wapenkollege genoot de familie Birling-Lisperg bijzondere bescherming van de keizer. De verleende vergunning zou mede zijn ingegeven door de wens om de zoon van de invloedrijke bestuurder van Worms los te maken van de lutherse invloed die zich in zijn geboortestreek had verspreid.

Enkele maanden later bemiddelde de graaf van Feria in Londen namens Pedro Lisperguer bij prins Filips, met het verzoek hem toestemming te verlenen naar de Nieuwe Wereld te vertrekken. Dankzij de uitstekende reputatie die de jonge Duitse hoveling inmiddels had opgebouwd, verleende Filips — toen nog prins van het Spaanse rijk, maar reeds koning van Napels — op 4 november 1554 zijn officiële vergunning. Tot de groep behoorden ook andere hovelingen, onder wie de beroemde dichter Alonso de Ercilla.

Na hun vertrek uit Londen verbleef het gezelschap nog bijna een jaar in Spanje, waar de noodzakelijke formaliteiten werden afgehandeld bij de Casa de Contratación en andere instellingen die verantwoordelijk waren voor de organisatie van de overzeese expedities.

Uiteindelijk voegden zij zich bij de nieuwe onderkoning van Peru, Don Andrés Hurtado de Mendoza, met wie zij op 15 oktober 1555 vanuit Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) naar de Nieuwe Wereld vertrokken.

Voor allen lag een veelbelovende toekomst in het verschiet. Voor Pedro Lisperguer betekende deze reis het begin van een uitzonderlijke loopbaan. In Chili zou hij de stamvader worden van een van de invloedrijkste en meest prestigieuze families van het koloniale tijdperk. De familie Lisperguer raakte verbonden met verschillende adellijke geslachten en leverde in de daaropvolgende eeuwen talrijke vooraanstaande bestuurders en politici, onder wie meerdere presidenten van de Chileense republiek.


Voor meer informatie wordt verwezen naar het boek De Duitse conquistador Pedro Lísperguer Wittemberg: van hoveling van keizer Karel V en Filips II tot beroemde grondlegger van Chili.

Original title of the book; El conquistador alemán Pedro Lísperguer Wittemberg: de cortesano de Carlos V y Felipe II a célebre precursor de Chile

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