viernes, 31 de julio de 2026

Pedro Lísperguer ante la muerte del conde de Feria en España

 


Representación del entierro del IV conde de Feria. Al fondo, el joven Pedro Lísperguer contempla el sepelio de quien había sido su protector y mentor durante casi una década.


Pedro Lísperguer ante la muerte del conde de Feria en España

La historia ha conservado el nombre de Pedro Lísperguer Wittemberg sobre todo por haber sido el abuelo de Catalina de los Ríos Lísperguer, la célebre Quintrala. Sin embargo, mucho antes de convertirse en el fundador de uno de los linajes más poderosos del Chile colonial, el joven alemán pasó aproximadamente una década al servicio de la poderosa casa de Feria, una de las más influyentes de la Monarquía Hispánica.

Todo comenzó en la ciudad imperial de Worms. Allí coincidieron el emperador Carlos V, el joven conde de Feria y el propio Pedro Lísperguer. Junto con el séquito imperial emprendieron el viaje hacia España, atravesando el Rin, el sur de Alemania y los Países Bajos.

Aunque la documentación conservada es fragmentaria, sabemos que Pedro desempeñó el cargo de caballerizo y que permaneció durante cerca de diez años al servicio de la familia. Sirvió, además, no a uno, sino a dos condes de Feria, circunstancia que le permitió acceder a uno de los círculos políticos, militares y cortesanos más importantes de su tiempo.

Todo parece indicar que, como integrante de aquel distinguido entorno, debió de participar en algunas de las grandes empresas militares de la época o, al menos, conocer de primera mano las complejas redes de intereses que sostenían la política europea del siglo XVI.

A lo largo de aquellos años asistió al ascenso y a la consolidación del poder de la monarquía de los Habsburgo y adquirió una experiencia que habría de resultar decisiva para el resto de su vida.


La formación de un joven cortesano

Durante aquellos años, Pedro Lísperguer no solo aprendió el manejo de las armas, la administración de los estados señoriales y las complejidades de la diplomacia cortesana. También se familiarizó con un mundo en el que la literatura, la música, la teología y la reflexión moral ocupaban un lugar central.

La casa de Feria se había convertido en uno de los principales focos del humanismo español. Allí, Pedro pudo contemplar el funcionamiento cotidiano de una de las grandes familias nobiliarias del reino, asistir a sus ceremonias y participar en las actividades que marcaban el ritmo de la vida cortesana.

Aquella experiencia debió de dejar una profunda huella en su carácter. España se convirtió para él en una segunda patria y en el escenario donde se produjo su verdadera formación intelectual y política.


La enfermedad del IV conde de Feria

Las páginas que siguen se centran en uno de los episodios más conmovedores de aquel periodo: la enfermedad y la muerte del IV conde de Feria.

Aquejado por graves dolencias que le impedían alimentarse y debilitaban progresivamente sus fuerzas, el noble fue atendido sin descanso por su esposa, Ana Ponce de León; por su madre, la marquesa de Priego; y por el célebre maestro Juan de Ávila, que se convirtió en su principal apoyo espiritual.

Las crónicas describen con extraordinario detalle el sufrimiento del conde, la fortaleza de la condesa y la profunda religiosidad que impregnó aquellos últimos meses.

Mientras la enfermedad avanzaba inexorablemente, el noble afrontó la proximidad de la muerte con una serenidad admirable. Sus palabras reflejan una constante meditación sobre la fugacidad de la gloria terrenal, la inutilidad de la riqueza y la necesidad de prepararse para la vida eterna.

El conde recordaba que ni el poder, ni la fortuna, ni la fama podían prevalecer frente a la muerte y que la verdadera nobleza residía en la virtud y en la salvación del alma.


Juan de Ávila y la preparación para la muerte

Entre todas las personas que acompañaron al conde durante sus últimos días, ninguna ejerció una influencia tan profunda como el maestro Juan de Ávila.

Aquel célebre predicador, considerado hoy uno de los grandes representantes de la espiritualidad española del siglo XVI, permaneció junto al enfermo, confortándolo y preparándolo para afrontar el momento decisivo de su existencia.

Las crónicas describen con minuciosidad las conversaciones mantenidas entre ambos y la extraordinaria serenidad con la que el conde se dispuso a afrontar el final de su vida. Lejos de aferrarse a las riquezas, a la gloria militar o a la dignidad de su linaje, el noble insistía en la necesidad de desprenderse de todo aquello que pudiera apartarlo de la salvación de su alma.

Aquellas reflexiones debieron de causar una profunda impresión en el joven Pedro Lísperguer. Durante casi una década había convivido con la familia y había sido testigo de algunos de los acontecimientos más importantes de su trayectoria.

Ahora contemplaba el desenlace de una vida marcada por el servicio a la Corona, la fe religiosa y la defensa del honor familiar.


Pedro Lísperguer como testigo de una época

La muerte del conde no constituyó únicamente la desaparición de un hombre, sino también el final de una época. Pedro Lísperguer asistió a la clausura de un ciclo histórico que había comenzado muchos años antes en la ciudad imperial de Worms.

A lo largo de aquel tiempo había atravesado el Rin, recorrido el sur de Alemania, conocido los Países Bajos y descubierto la compleja realidad política de la monarquía de los Habsburgo. Había aprendido el arte de la guerra, la disciplina de la corte y la importancia de las alianzas políticas.

También había sido testigo de las intrigas diplomáticas, del esplendor de la nobleza española y del ambiente intelectual que caracterizó al Renacimiento.

Aquellos años transformaron al joven caballerizo en un hombre dotado de una experiencia poco común entre los conquistadores que más tarde partirían hacia América.


El entierro del conde de Feria

El 27 de agosto de 1558, el IV conde de Feria falleció rodeado de sus familiares y de los miembros más cercanos de su casa.

El solemne cortejo fúnebre avanzó lentamente entre cirios, oraciones y cantos litúrgicos. Los nobles vistieron luto riguroso y los escudos de la familia presidieron la ceremonia, mientras el cuerpo era conducido hasta el panteón familiar.

Entre los presentes se encontraba el propio Pedro Lísperguer, que contempló cómo desaparecía el hombre que le había permitido abandonar el mundo germánico para incorporarse a una de las casas nobiliarias más poderosas de España.

Probablemente no imaginaba entonces que aquella experiencia habría de determinar el curso de toda su existencia.


La continuidad de la casa de Feria

La muerte del conde no significó el final de la carrera de Pedro Lísperguer en España. El joven alemán permaneció al servicio de la familia y continuó desempeñando sus funciones bajo la protección de Gómez Suárez de Figueroa.

Aquellos años constituyeron un extraordinario aprendizaje político y cortesano. Desde el interior de la casa de Feria pudo contemplar el funcionamiento de la administración señorial, la organización militar y las complejas relaciones de poder que articulaban la monarquía hispánica.

Todo ello contribuyó a reforzar el prestigio de Pedro y a consolidar su posición dentro de la red de fidelidades construida en torno a la familia.


De España a Inglaterra

Poco tiempo después, Pedro acompañó al nuevo conde en su viaje a Inglaterra, donde tuvo ocasión de contemplar de cerca algunos de los acontecimientos más importantes de la política europea de su tiempo.

Aquel nuevo desplazamiento amplió todavía más sus horizontes y consolidó la experiencia adquirida durante sus años de servicio a la monarquía de los Habsburgo.

El joven alemán que había partido de Worms junto al emperador Carlos V seguía recorriendo el corazón de la Europa del siglo XVI, incorporando nuevos conocimientos y fortaleciendo las relaciones que más tarde le abrirían las puertas del Nuevo Mundo.


Conclusión

Mucho antes de convertirse en el abuelo de la célebre Quintrala, Pedro Lísperguer fue un hombre formado en la compleja realidad política, militar, intelectual y religiosa del Renacimiento europeo.

Los años transcurridos al servicio de la casa de Feria constituyeron el puente que unió el mundo germánico con el continente americano y transformaron a un joven caballerizo en uno de los futuros protagonistas de la historia colonial chilena.

Años más tarde, aquel largo aprendizaje culminaría con su viaje al Reino de Chile, donde su apellido quedaría unido para siempre al de Catalina de los Ríos Lísperguer, la mujer que la tradición convertiría en un mito bajo el nombre de La Quintrala.


Más información en el libro El conquistador alemán Pedro Lísperguer Wittemberg: de cortesano de Carlos V y Felipe II a célebre precursor de Chile.

Catálogo de la Biblioteca Nacional de España

Library of Congress

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