Cuando se menciona la ciudad de Worms, la memoria histórica conduce inevitablemente a la célebre Dieta de 1521 y a la figura de Martín Lutero. Sin embargo, casi un cuarto de siglo después, Worms volvió a convertirse en el centro de la política europea. Allí, en la primavera y el verano de 1545, se desarrollaron algunos de los acontecimientos que cambiarían el rumbo del Sacro Imperio y, de manera inesperada, también el destino de un muchacho alemán llamado Pedro Lisperguer.
Pedro era hijo de Peter Birling, burgomaestre de la Ciudad Imperial Libre de Worms. Como máxima autoridad municipal, sobre él recaía buena parte de la responsabilidad de coordinar la compleja organización que suponía la prolongada estancia de Carlos V y de toda su corte en la ciudad. Durante varios meses, Worms acogió al emperador, a su hermano Fernando, rey de Romanos, a numerosos príncipes del Imperio, cardenales, embajadores y consejeros que debatían el futuro político y religioso de Europa. Worms no era para Carlos V una ciudad cualquiera. Allí, siendo todavía un joven emperador de veintiún años, había intentado frenar el desafío de Martín Lutero. Volver a sus calles en 1545 significaba regresar al mismo escenario donde, un cuarto de siglo antes, se había iniciado la fractura religiosa del Sacro Imperio.
A primera vista, la vida cotidiana parecía transcurrir con normalidad. Carlos V asistía a solemnes ceremonias religiosas, recibía delegaciones diplomáticas y encontraba incluso tiempo para practicar una de sus grandes aficiones: la caza en los bosques cercanos. Pero bajo aquella aparente tranquilidad se gestaba una de las mayores crisis de la Europa del siglo XVI.
Desde hacía casi tres décadas el emperador había intentado preservar la unidad religiosa del Imperio mediante el diálogo. Había promovido negociaciones entre católicos y protestantes, impulsado conferencias teológicas y solicitado repetidamente la convocatoria de un concilio general. Sin embargo, todos aquellos esfuerzos habían terminado fracasando. En Worms comprendió que la vía de la conciliación se encontraba prácticamente agotada. Las conversaciones mantenidas con el legado pontificio, el cardenal Farnesio, y con sus principales consejeros fueron preparando el camino hacia una decisión que transformaría la historia europea: el recurso a las armas frente a la Liga de Esmalcalda.
Fue precisamente en ese escenario donde el joven Pedro Lisperguer comenzó a conocer de cerca el funcionamiento de la política imperial. Gracias a la posición de su padre, tuvo la oportunidad de crecer en un ambiente dominado por emperadores, reyes, grandes nobles, diplomáticos, militares y eclesiásticos procedentes de todos los rincones del continente. Difícilmente podría imaginarse una escuela política más extraordinaria para un adolescente de apenas quince años.
No resulta aventurado pensar que la colaboración prestada por Peter Birling al emperador durante aquellos meses favoreciera una relación de confianza entre la familia y la corte imperial. Organizar la estancia de Carlos V en una Ciudad Imperial Libre exigía una estrecha cooperación entre las autoridades municipales y el séquito del emperador. En ese contexto debieron establecerse contactos personales que, muy probablemente, contribuyeron a abrir a Pedro las puertas del mundo hispánico.
La cronología resulta, cuando menos, significativa. Poco después de aquellos acontecimientos, Pedro Lisperguer abandonaría Alemania para incorporarse al entorno de la Monarquía Hispánica. Años más tarde acompañaría al virrey Andrés Hurtado de Mendoza en su expedición al Perú y terminaría convirtiéndose en uno de los conquistadores más conocidos del Reino de Chile. Su extraordinaria trayectoria americana quizá comenzó mucho antes de embarcar hacia el Nuevo Mundo: empezó en las calles de Worms, al calor de la intensa actividad política desplegada por la corte de Carlos V.
Aquellos meses estuvieron marcados también por acontecimientos profundamente humanos. Carlos V recibió con inmensa alegría la noticia del nacimiento de su nieto, el futuro infante don Carlos, pero pocos días después hubo de afrontar el fallecimiento de su nuera, María Manuela de Portugal. Entre celebraciones, funerales, recepciones diplomáticas y complejas negociaciones religiosas transcurrió aquel verano de 1545, mientras el emperador se preparaba para afrontar una de las decisiones más difíciles de su reinado.
El 7 de agosto de 1545, Carlos V abandonó finalmente Worms. Con él partían sus principales colaboradores y comenzaba una nueva etapa en la historia del Imperio. Entre quienes iniciaban entonces un camino decisivo se encontraba también un joven llamado Pedro Lisperguer.
Con frecuencia la historia recuerda las grandes batallas y los grandes tratados, pero olvida los lugares donde comenzaron a forjarse los destinos individuales. Para Pedro Lisperguer, ese lugar fue Worms. Allí, bajo la protección de su padre, el burgomaestre Peter Birling, y en contacto directo con la corte de Carlos V, comenzó una trayectoria que acabaría uniendo para siempre la historia de Alemania, España y Chile.
Más información en el libro El conquistador alemán Pedro Lísperguer Wittemberg: de cortesano de Carlos V y Felipe II a célebre precursor de Chile.
Catálogo Biblioteca Nacional de España

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